Morenita de chocolate


De los ojos cansados de la mami
rodaron cristales de vida,
de su boca, las palabras perfectas
que fueron la bienvenida
a este mundo nuevo de colores
que empezaba a contar tus días.

Tu llanto dijo ¡presente!
Quiero ver tu cara papá,
y a mis brazos te confiaste,
recomendados por mamá.

Mami y tú volvieron a ser una,
prendida a su pecho te miré extasiado
su alimento, su vida, su ser le tomabas,
su rostro como nunca enamorado.
Una, tú y mami eran de nuevo una.
Yo, viviendo. Transformado.

Hoyitos en las mejillas,
tu boquita delineada,
los ojitos apagados,
tu sonrisa, perfectamente adornada.
Tu voz que alimenta mi alma,
tu alegría desbordada.

Morenita de chocolate
de cabello caprichoso
ensortijado en las puntas
y castaño luminoso.

Sueña, imagina, crece,
lucha, no te rindas, pelea.
Niña de mamá, vive, siempre vive mi princesa
sé feliz, construye, desea. 

Despertar

Estaba despeinada como ninguna otra, tenía algunos mechones de su cabello señalando el cielo y en su boca solo se podían ver dos de sus dientes.  Sus ojos algo hinchados y su aspecto aperezado era el de alguien que recién se levantaba. No pude contenerme y la abracé.

Me miró a los ojos, sonrió un poco y con sus manitos tomó mi cara mientras me decía “papá”.


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Por eso Calío contaba solo hasta siete


Óscar Darío fue uno de esos amigos de la infancia que son imposibles de olvidar, esos con los que uno hace y deshace como dicen las mamás. Digo que fue porque hace poco más de un año murió después de que un carro lo atropellara cuando salía de la farmacia luego de comprar una botella de alcohol para preparar ese “chirrinchi” con el que solía emborracharse para olvidar a su mujer, esa que lo dejó por dedicarle más tiempo al juego de cartas que a su familia.

Le decíamos Calío porque así le decía Marina, su hermana menor que apenas empezaba a hablar, y como sonaba gracioso y acortaba y hacía más simple su nombre, Óscar Darío fue Calío por siempre.

Recuerdo que estudiamos juntos desde primero hasta el cuarto sexto que hicimos antes de que abrieran el billar de Enrique y nos pusiéramos a trabajar allí; él lavando vasos y yo sirviendo tragos. Recuerdo que yo no era capaz de pronunciar bien la doble R por un problema en mi paladar y que él solo sabía contar hasta diez y lo hacía en sus dedos.

Recuerdo que la maestra Ofelia, la de español, siempre que pasaba frente al billar camino al colegio, y nos veía metidos allí, casi nos rogaba que regresáramos a estudiar. Recuerdo que nos gustaba la misma ‘pelaita’, Estrella, la hija del dueño de la fábrica de cerámicas y que nunca se dio por enterada de lo que Calío y yo sentíamos por ella, eso creo. Recuerdo que él cogía hormigas cachonas y yo arañas y las metíamos juntas en un tarro para ver cómo una vencía a las otras sin tregua alguna y recuerdo que a él le fascinaba comer torta negra con arepa y mantequilla y a mí el miga’o de agua de panela con galletas, buñuelo y pan.

Pero hay una cosa que nunca ni jamás se me va a olvidar. Recuerdo como si fuera ayer las escapadas que hacíamos al pueblo vecino para ver a través de los extractores de aire del burdel, a las bailarinas que se empelotaban para mostrarle todo a los borrachos que emocionados, les entregaban billetes de todas las denominaciones.

Es imposible olvidar que en una de esas escapadas, mientras veíamos a una de las bailarinas quitarse su poca ropa, por un trágico descuido, Calío introdujo su mano derecha en uno de los extractores de aire y sus aspas le cortaron tres dedos. El pobre redujo su capacidad de contar los números hasta el 10 y por eso Calío contaba solo hasta siete.

Bigotes y Juanita


Nadie sabía de sus escapes hasta que el vecino denunció que Juanita había sido violada por un ‘chandoso’ negro de bigotes blancos y cuerpo menudito. El viejo Bigotes, todo un perro (literal y figuradamente hablando) había cumplido con su cometido, tras dos largos años de luchas constantes por acceder al amor de Juanita, por fin lo había conseguido.

Bigotes es un perro de la calle criado desde hace aproximadamente tres años atrás en una casa de una pareja de viejos esposos que no pudo tener nunca hijos. Llegó a esa casa acompañando a un joven limosnero al que la señora de la casa un día alimentó. El viejo era un periodista pensionado de uno de los diarios más prestigiosos de la ciudad, la vieja fue siempre fiel sirviente de los caprichos del viejo y de los quehaceres de la casa. Juanita es una French Poodle muy joven aún, tiene algo más de un año y es el reemplazo de Juana, una Cocker Spaniel que murió bajo las ruedas de un autobús cuando se le soltó a su dueño en una mañana de paseo en una calle cerca su casa.

Esa tarde en que Bigotes y Juanita tuvieron su encuentro amoroso empezó la guerra de vecinos más corta de la historia y la historia de amor más sincera y tierna.

Después de denunciar ante la Policía la violación de su perrita, Fidel volvió a su casa, sacó su arma y sin vacilaciones fue a la casa de los viejos y los asesinó. Bigotes pudo escapar de aquel atentado pues cuando escuchó el primer disparo salió corriendo por la rendija por la que escapó el día en que se amó con Juanita.

Cuando corría calle arriba vio a su enamorada empujando la puerta de su casa. Su dueño la echó a la calle después del desagravio.

Ambos prefirieron huir y tratar de sobrevivir juntos a las inclemencias de la calle, a la realidad de estar afuera y lejos de sus casas, sin alimento, techo y cama. Bigotes ya lo había vivido, Juanita no se imaginó nunca lejos de su hogar, lejos de su dueño.

Habían logrado sobrevivir algo más de dos meses cuando Juanita se vio sola bajo las escaleras de la estación de autobuses. Con cinco semanas de embarazo y un estado deplorable de aseo y aspecto, Juanita esperaba a que Bigotes regresara con el alimento del día, ese que no había faltado ni un solo día desde que escaparon juntos.

Ese lunes gris si faltó el alimento, también faltó Bigotes, no volvió más, Juanita esperó en vano.

Después de dos días de espera Juanita fue recogida en la estación de autobuses por un hombre de aspecto bonachón. Estaba débil, sucia y hambrienta. Fue acomodada en el asiento trasero de un auto junto a una pequeña niña que la miraba con lástima y algo de cariño.

- Solo porque es tu cumpleaños y porque me siento culpable del desafortunado accidente en el que murió el perro de bigotes blancos cerca del colegio hace dos días, nos llevaremos esta perrita para que la cuides y la protejas.

Dijo el hombre a su pequeña hija mirándola por el retrovisor cuando empezaba el recorrido hacia su casa en el auto.

Todo en orden


Su mirada me cautiva cada vez más, su sonrisa compra el cielo y me hace vivir en él, sus abrazos me cargan de la buena energía suficiente para que la vida marche bien, su cabello excita mis hormonas y enciende el deseo más puro. Su vida me llena de esa felicidad que muchos buscan y que yo, desde hace ocho años, encontré en ella. Para mi prometida hermosa, este pequeño cuento de la vida real.


Todo en orden

La ilusión de la boda hacía que su sonrisa se hiciera interminable, lo notó cuando habló con ella, sentado en el sofá de su casa mientras veían uno de esos programas de detectives que ella suele ver.

Esa ilusión lo dejó preocupado, siempre ha tenido esa tonta duda en la cabeza. “No puede pasarse del nivel cero al nivel tres en un solo paso”. Pensaba.

Mientras caminaba hacia su casa, pensando en la sonrisa de ella, tomó la decisión que haría que esa tonta duda desapareciera por fin de su cabeza.

Eran las 12:00 de la noche en punto, empezaba un nuevo día (14 de diciembre para ser exacto) él mercó su número de celular irrumpiendo en su descanso. Ella respondió con voz tranquila. Él, con los nervios propios de la situación, recordando que su historia de amor con ella hace ocho años había roto los cánones del protocolo común que da inicio a los noviazgos, soltó la pregunta que había meditado durante un largo rato:
- ¿Quieres ser mi novia?

Ella rio y dijo que sí sin dudarlo.

Ahora estaban en orden los pasos: Amigos, novios y prometidos. También estaba ahora tranquilo él.