De colores

La Bonita lo miró y su cielo se fue pintando de amarillos luminosos, le habló y la tarde se coloreó de anaranjados brillantes, le sonrió y la vida le estalló en azules refrescantes, lo besó y arcoiris indescifrables llenaron su existencia. La Bonita hizo del rojo, del morado, del verde y del rosa, caricias interminables para su espíritu. 


Ella(s)


Y ella, corrió huyendo de las demás, huyendo de los demás, de esos y esas que la atacaron y la creyeron inferior. En su carrera se encontró con muchas otras que también huían, solas, igual que ella. Y vio que eran muchas, que eran demasiadas, que eran suficientes.

Ella detuvo su carrera y gritó a las otras que corrían para que pararan sus pasos. Las vio iguales a ella, a las otras y a los otros que la atacaron, que la ignoraron, que la creyeron inferior. Ella miró hacia atrás y retornó por el mismo camino, solo que esta vez no lo hizo corriendo, tampoco lo hizo sola. Esta vez lo hizo caminando y convenciendo a las otras de volver y luchar. Juntas caminaron recuperando los pasos, recuperando el valor, recuperando la dignidad, recuperando la igualdad.

Algunos y algunas las recibieron con alegría, otros y otras con rabia.

Desde ese momento ellas no huyeron más, desde ese momento ellas luchan unidas, desde ese momento algunos luchan de su lado, desde ese momento algunos y algunas luchan contra ellas.

Y ella, sigue siendo ella, pero más fuerte, más decidida.

Morenita de chocolate


De los ojos cansados de la mami
rodaron cristales de vida,
de su boca, las palabras perfectas
que fueron la bienvenida
a este mundo nuevo de colores
que empezaba a contar tus días.

Tu llanto dijo ¡presente!
Quiero ver tu cara papá,
y a mis brazos te confiaste,
recomendados por mamá.

Mami y tú volvieron a ser una,
prendida a su pecho te miré extasiado
su alimento, su vida, su ser le tomabas,
su rostro como nunca enamorado.
Una, tú y mami eran de nuevo una.
Yo, viviendo. Transformado.

Hoyitos en las mejillas,
tu boquita delineada,
los ojitos apagados,
tu sonrisa, perfectamente adornada.
Tu voz que alimenta mi alma,
tu alegría desbordada.

Morenita de chocolate
de cabello caprichoso
ensortijado en las puntas
y castaño luminoso.

Sueña, imagina, crece,
lucha, no te rindas, pelea.
Niña de mamá, vive, siempre vive mi princesa
sé feliz, construye, desea. 

Despertar

Estaba despeinada como ninguna otra, tenía algunos mechones de su cabello señalando el cielo y en su boca solo se podían ver dos de sus dientes.  Sus ojos algo hinchados y su aspecto aperezado era el de alguien que recién se levantaba. No pude contenerme y la abracé.

Me miró a los ojos, sonrió un poco y con sus manitos tomó mi cara mientras me decía “papá”.


#LupitaFan #MiDulceCompañía #AmordelBueno #LaMejorHistoria

Por eso Calío contaba solo hasta siete


Óscar Darío fue uno de esos amigos de la infancia que son imposibles de olvidar, esos con los que uno hace y deshace como dicen las mamás. Digo que fue porque hace poco más de un año murió después de que un carro lo atropellara cuando salía de la farmacia luego de comprar una botella de alcohol para preparar ese “chirrinchi” con el que solía emborracharse para olvidar a su mujer, esa que lo dejó por dedicarle más tiempo al juego de cartas que a su familia.

Le decíamos Calío porque así le decía Marina, su hermana menor que apenas empezaba a hablar, y como sonaba gracioso y acortaba y hacía más simple su nombre, Óscar Darío fue Calío por siempre.

Recuerdo que estudiamos juntos desde primero hasta el cuarto sexto que hicimos antes de que abrieran el billar de Enrique y nos pusiéramos a trabajar allí; él lavando vasos y yo sirviendo tragos. Recuerdo que yo no era capaz de pronunciar bien la doble R por un problema en mi paladar y que él solo sabía contar hasta diez y lo hacía en sus dedos.

Recuerdo que la maestra Ofelia, la de español, siempre que pasaba frente al billar camino al colegio, y nos veía metidos allí, casi nos rogaba que regresáramos a estudiar. Recuerdo que nos gustaba la misma ‘pelaita’, Estrella, la hija del dueño de la fábrica de cerámicas y que nunca se dio por enterada de lo que Calío y yo sentíamos por ella, eso creo. Recuerdo que él cogía hormigas cachonas y yo arañas y las metíamos juntas en un tarro para ver cómo una vencía a las otras sin tregua alguna y recuerdo que a él le fascinaba comer torta negra con arepa y mantequilla y a mí el miga’o de agua de panela con galletas, buñuelo y pan.

Pero hay una cosa que nunca ni jamás se me va a olvidar. Recuerdo como si fuera ayer las escapadas que hacíamos al pueblo vecino para ver a través de los extractores de aire del burdel, a las bailarinas que se empelotaban para mostrarle todo a los borrachos que emocionados, les entregaban billetes de todas las denominaciones.

Es imposible olvidar que en una de esas escapadas, mientras veíamos a una de las bailarinas quitarse su poca ropa, por un trágico descuido, Calío introdujo su mano derecha en uno de los extractores de aire y sus aspas le cortaron tres dedos. El pobre redujo su capacidad de contar los números hasta el 10 y por eso Calío contaba solo hasta siete.