Don Juvenal

Es viernes y son las 12:14 del medio día, es la hora que siempre coincide con su paso por el frente de la U. Don Juvenal, un hombre de unos 80 años, lleva su cigarrillo de siempre, ese que pocas veces aspira y que se gasta en sus dedos y no en sus labios. Observa con sus ojos apagados cada uno de sus pasos lentos y pareciera que dominara su propio tiempo. Su cabello gris claro rebujado adorna su pequeña cabeza y su ropa caracteriza la ordenada vida que ha querido llevar siempre. Su paso por el frente de la U coincide siempre con la misma hora en mi reloj.

Don Juvenal pasa inadvertido ante los ojos de todo el mundo menos ante la mirada curiosa y burlona en algunas ocasiones de ese grupo de muchachos que después de terminar sus clases se sientan en las afueras de la Universidad para hablar de sus vidas, sus anécdotas y sus planes.

El sol incandescente golpea su caminar pero no lo perturba, sabrá Dios qué pasa por su mente, ah de ser algo bonito porque su rostro demuestra tranquilidad y felicidad. El ruido de los carros no incomoda su paz y ni el afán de los que pasan apurados por su lado logra acelerar su pasivo andar.

Son las 12:10 del medio día de este nuevo viernes, estoy, como de costumbre, sentado con mis amigos hablando de todo un poco. Recuerdo que es casi la hora en que don Juvenal ha de pasar y preparo mis palabras con las que trataré de hablar nuevamente con él. La primera vez que lo intenté sólo me dijo su nombre. 12:12 minutos y siento nervios, siempre he querido saber tantas cosas de don Juvenal pero nunca quise atreverme a acercármele de nuevo.

12:13 minutos y mis ojos esperan ver aparecer a ese hombre de edad avanzada, de cuerpo gastado y figura tierna que nunca falla con esa rutina a la que yo y mis amigos nos hemos acostumbrado. Mi corazón se acelera y siento que ese minuto es tan largo como un día, por fin me acercaré de nuevo a él y podré saber de Don Juvenal la razón por la que diariamente pasa a la misma hora exacta por este lugar.

Ha llegado la hora, son las 12:14 minutos del medio día, el calor es insoportable, por primera vez no hay carros sobre la avenida, mis amigos paran sus conversaciones y miran a lado y lado esperando a Don Juvenal, yo miro mi reloj y espero a que alguno de ellos anuncie la aparición de ese hombre que espero con tantas ansias. Mi reloj no se detiene y Don Juvenal no aparece.

Ahora son las 12:15 y él no apareció, aún no aparece. Extrañado, pregunto la hora a mis amigos creyendo y esperando que mi reloj estuviera descompuesto, pero no, son las 12 y cuarto. A las 12:30 aún estoy esperando a que aparezca, algunos de mis amigos ya han decidido marcharse a su casa, otros me insisten para que nos vayamos al boulevard a tomarnos una cerveza, yo sigo esperándolo.

2:10 de la tarde y estoy solo, consciente de que mi espera ha sido en vano, Don Juvenal no vino hoy. Sentado en el andén miro por última vez mi reloj, ahora son las 2:14 de la tarde y me dispongo a marcharme y cuando me levanto veo aparecer a Don Juvenal en la esquina, sus pasos lentos lo traen hacia mí, su cigarrillo ya no lo acompaña y su rostro de felicidad es más notable que siempre.

Estoy frente a él y antes de que yo pueda pronunciar alguna palabra escucho su voz diciendo mi nombre, lo miro a los ojos y él acalla mi sorpresa con una sonrisa. - Don juvenal…- le dije, pero no fui capaz de decirle más. Él toma mi mano derecha con la suya izquierda mientras que con la otra saca de su bolsillo de la camisa un papel y lo coloca en mi mano.

Observo el papel y veo una frase en él, una frase que ha de marcar mi vida para siempre. En letra pegada, con una caligrafía impecable decía: “aunque tus sueños se apaguen, aunque tus ilusiones se hundan con tu alma, te diré un consejo, nunca desistas”. Cuando termino de leer el papel noto que Don Juvenal ha emprendido su caminar lento y cansado de nuevo, está a dos pasos de mí pero no me atrevo a decirle algo más. Sorprendido, dejo que se aleje y a medida que lo hace su figura se desvanece en el paisaje citadino que ahora pareciera volverse agresivo, cargado de ruidos y bajo el calor insufrible por ese sol que resguarda en sus miles de brazos los espacios que se digna tocar.

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