El sutil arte de engañar femenino

No fue la más convencional manera de hacerlo, pero fue la más intensa de todas. Esa tarde, ella me permitió hacerle el amor con ímpetu, con fogosidad, sin prejuicios y sin tabúes. Ella se entregó a mí sin preguntas, sin barreras.

La soledad de su casa y su ropa interior evidente tras la tela de su pijama alborotaron mis hormonas y me hicieron desearla más de lo normal. Yo sabía que estaríamos solos por un buen rato y le insinué la posibilidad de hacerme dueño de su cuerpo. Ella se dejó llevar y cedió ante mis besos y caricias. Sus ropas se fueron quedando relegadas en el piso mientras nos dirigíamos a su alcoba, mis labios no se separaban de los suyos y con los ojos cerrados los dos, con la memoria y la intuición nos guiamos hasta su cama. Ella me sentó con un leve empujón, parada frente a mí terminó de desnudarse y empezó a desnudarme a mí también. Antes de despojarme de mi ropa interior clavó su mirada en mis ojos y sentí que sin hablarme me decía algo. No supe descifrar qué era eso que me decía.

Sus besos incontables me vistieron en variadas ocasiones, sus uñas se clavaron en mi espalda sin medir consecuencias, su sudor se mezcló con el mío, su vientre friccionó el mío en movimientos continuos que marcaban el ritmo de nuestra respiración y me excitaban cada vez más. Mis manos recorrieron infinidad de veces su cuerpo, mis labios besaron su piel sin cansancio y el éxtasis nos golpeó en variadas ocasiones, a ella más veces que a mí; su respiración agitada, sus gritos apagados y sus uñas en mi piel me lo corroboraron.

Su mirada me hablaba y me decía lo que sus labios no, pero yo seguía sin comprenderlo.

Antes de irme de su casa, cuando nos despedíamos con un abrazo grande me dijo algo que perturbó esa tranquilidad cansada en la que estábamos después de habernos entregado el uno al otro. – “En este abrazo hay más calor que en los muchos que hace un momento nos dimos”.

Ahora entiendo su mirada insistente, entiendo que no sintió lo que yo cuando hicimos el amor, cuando yo le hice el amor, entiendo que antes de ese abrazo de despedida, mientras estaba conmigo no sintió nada aunque hasta el final me demostró que si. Ahora entiendo que sus gestos de deseo, satisfacción y excitación fueron mediados solo por el interés de no hacerme daño y de no frustrar mis deseos estrellándolos contra el suelo.

2 comentarios:

Maria José dijo...

Sabes que me gusta mucho como escribes, y ésta no es la excepción...Definitivamente, no hay mejor viaje que el que se hace por medio de una buena lectura.FELICITACIONES!!! de nuevo.

Catalina Yepes L dijo...

WOWWW IGUAL QUE TODOS LO QUE HE LEIDO ESTUVO EXCELENTE!!!!