El robo perfecto

Me subí al autobús que me llevaría al centro de la ciudad, saqué un billete de dos mil pesos para pagar el pasaje, el único dinero que tenía, pues pensaba que en la noche tendría el suficiente para pagar el pasaje de regreso a casa e, incluso, para comprar toda una flota de autobuses. El conductor me devolvió una moneda de 500 pesos, la cual guardé en mi bolsillo derecho de la sudadera que llevaba. Me senté en el tercer asiento de la misma hilera en donde se ubica el conductor, coloqué el bolso con las herramientas en la silla del lado y abrí la ventanilla.

No podía fallar, todo estaba bien preparado. El mapa del conducto de aire del banco bien estudiado, los movimientos de los guardias de seguridad bien calculados, las alarmas y sus dispositivos bien ubicados, las herramientas perfectas, mi estado físico y mental en las mejores condiciones y el deseo de ser millonario impulsaba mis acciones.

Seguro de que nadie me vio llegué hasta la azotea del edificio del frente del banco y revisé mi plan paso por paso, afine mis herramientas y fumé un cigarro. Tomé el arnés y lo acomodé en mi cuerpo, armé sigilosamente la ballesta que ubicaría la soga hasta la azotea del edificio del banco, me coloqué la capucha y procedí al trabajo. La ganzúa de la ballesta dio en el blanco y dejó lista la soga para mi paso, puse el seguro y me deslicé con sigilo.

El silencio se interrumpía momentáneamente con uno que otro perro ladrando y algún carro pasando cerca. Saqué el mapa del morral y me metí en el ducto del aire para llegar a la habitación en donde estaba la caja mayor y dentro de ella mi botín. Al llegar al lugar exacto, quité la tapa del ducto con delicadeza evitando hacer ruido, colgué la segunda cuerda del seguro del arnés, la até de las barandas del ducto con firmeza y me dispuse a descender hasta donde los láseres que escaneaban constantemente la habitación y que detonaban las alarmas no me alcanzaran.

Estaba descifrando el cuarto número de los seis que forman la clave de la caja, estaba a punto lograr mi golpe perfecto, pero sin esperarlo, del bolsillo de mi sudadera se desprendió la moneda de 500 pesos que el conductor del bus me había dado como devuelta, vi como al dar vueltas, mostrando sus dos caras, se aproximaba a las luces de las alarmas activándolas y acababa con mi plan. En cuestión de segundos me vi rodeado de sonidos estridentes y guardias apuntándome con sus armas.

Qué cuento tan bobo, de verdad, lo publico porque me reí mucho imaginándome la historia...además habrá alguien a quien le guste...lo malo también es bueno...un abrazo para todos.

4 comentarios:

partenon dijo...

jajajajajajajajajaja me pareció formidable...es casi como el cuento de la moneda de 50 pesos en que siempre la vemos tirada al suelo y no le hacemos caso...pero la recordamos con anhelo cuando nos falta esa misma moneda para ajustar el pasaje de regreso a casa

JuanSe... dijo...

jajjajajajajajaja... mijo está muy, pero muy bueno... simplemente un despliegue de creatividad incomparable, un profesor una vez me dijo, quiere ser creativo, vaya a un banco e imaginese que lo va a robar y verá todas las posibilidades que le aparecen...

y veo que vos tambien has hecho el ejercicio... jejejejejeje


un abrazo

Catalina Yepes L dijo...

El cuento estuvo muy agradable, charro juajuajua espero sigas asi.. ya que hay que variar en la metodologia y definitivamente utilizar nuestra imaginacion para una gran variedad de historias..te felicito...

Tatiana dijo...

desparchado??? jajajaja, mentiras, me gustó mucho, esa imaginación tuya te lleva muy lejos, y hasta nos pones a volar, a tus lectores, gracias!!!!!