UN CUENTO

Por: Juan Pablo Moreno Mesa

Cierta mañana una joven salió de su casa a detallar el paisaje, divisó en el horizonte el sol que a muy tempranas horas del día esparcía sus rayos, la mujer se sorprendió por la imponencia y calidez de su luminosidad. De la misma forma, su alma conservó el brillo inocente en el momento preciso que su mirada recorrió lentamente el azul del cielo, ese cielo parecido al reflejo del mediterráneo descrito en las narraciones helénicas. El lago, a pocos metros de su jardín, parecía un recinto sagrado, inspiraba paz y armonía tan solo presenciando sus aguas cristalinas y a los peces multicolores bailoteando. Sin embargo, puso sus pies de nuevo en la tierra y se enteró que estas maravillas no hablaban, no escuchaban, no sentían ni mucho menos recordaban.


Se sentó en una roca y empezó a llorar, se encogía de hombros al rememorar que su novio le puso como testigos al cielo y el sol, jurándole amor eterno. Igualmente, cuando él mismo le recitaba poemas al lado del lago, insistiéndole de una y mil maneras que ella sería su única e infinita alegría. Quiso la joven que tanto el cielo, el sol y el lago hablasen ante la justicia del destino como cómplices que fueron y repitiesen lo que su enamorado prometió en aquellas ocasiones. Desfalleció ante tal circunstancia y maldijo la hora en que confió no sólo en la palabra de un traidor, sino en tres mudos e inertes con apariencia celestial.

2 comentarios:

Catalina Yepes L dijo...

Que historia tan agradable, algunos de los que puedan leerla pensaran, recordarán o se identificaran con ella porque un sentimiento que sea grande es dificil de olvidar, y gracias a victor por mostrar historias como estas.. Felicitaciones

JuanSe... dijo...

uy chico... muy cierto, estremecedor y sincero, donde pones a modo de juicio las promesas y juramentos que se hacen cuando se está enamorado... yo hoy ando desandando caminos para volver a encontrar a ese ser a quien tanto le juré... y pronto se enterarán todos...

un abrazo amigo!!!