La vida alegre











Mónica, así se llama, o bueno, así la llaman sus compañeras. Es una mujer delgada, trigueña, de cabello negro desarreglado, de ojos negros y labios gruesos, una voz un poco entorpecida por el licor y de vestir descomplicado. Usa perfume barato, de olor dulce que se esparce por todos lados y se aplica un labial rojo que sobresale entre los colores opacos que usa en sus ropas.

La verdad no entiendo por qué las llaman mujeres de la vida alegre, esa noche, viéndola llorar y escuchando lo que le contaba a su compañera, me di cuenta de que de alegre no tienen sino ese mal colocado apelativo.

Estaba sentada en la acera, tenía los zapatos a un lado de sus pies, esos que dejaban ver unas uñas muy mal arregladas y una piel seca y cansada, pocas veces levantaba su cabeza para mirar a su compañera con esos ojos cargados de lágrimas interminables. Hablaba de su madre, decía que desde la tarde había tenido que dejarla enferma en su casa, que por tratar de conseguir dinero para llevarla a un médico había salido a trabajar y, peor que eso, que tuvo que dejar a su niña de sólo 5 añitos en casa de una vecina, la única que se compadecía de ellas, pero de la cual desconfiaba pues estaba casi segura de que los hijos de doña Marleny manoseaban a su niña cuando ella no les prestaba el debido cuidado. Eso se lo decía la misma niña cada que la dejaban en esa casa.

La amiga de Mónica no pronunció palabra alguna mientras escuchaba, solo le tomaba las manos a ella y, difícilmente, eso se notaba a simple vista, intentaba retener el llanto. Esas dos mujeres de la vida alegre, compartían una historia real que no cabe en esa manera de llamarlas, ese apodo que juzga las consecuencias de la miseria.

El abrazo de fortaleza que la amiga de Mónica le regalaba fue interrumpido por una voz burlona proveniente de un taxi que paró en frente de ellas. Un hombre, desde la ventanilla trasera y con una voz fuerte y amenazante dijo que no daba más de 40 mil pesos por ellas y se rió, Mónica y su amiga se miraron y prefirieron ignorarlo y caminar de nuevo hacia el bar, pero el hombre insistió humillándolas haciendo alusión al estado de pobreza en que ellas se encontraban y que por ello no tenían ninguna razón para rechazar la oferta. Mónica soltó la mano de su amiga, le dio un beso en la mejilla y caminó hasta el taxi, abrió la puerta y subió al lado de aquel hombre.

El taxi giró en la esquina y se perdió, a Mónica no la volví a ver nunca más y hasta el momento en que salí del restaurante que queda en frente del bar, vi a su amiga parada en la entrada.

Caminé hacia la esquina por donde vi que el taxi en el que Mónica estaba volteó, al doblar vi un grupo de personas amontonadas tratando de observar lo que había sucedido, quise saber qué ocurría y me acerqué. Que sorpresa tan grande me llevé al ver al hombre del taxi degollado en el asiento trasero y al taxista apuñalado recostado contra la cabrilla. Busqué a Mónica por el lugar pero no la encontré y, sin dificultad alguna, deduje lo que había sucedido.

3 comentarios:

♥Adictalcafeh♥ dijo...

Me hace pensar que tuvieron su merecido, y al mismo tiempo sufro por la posible suerte de "Mónica"... Tal vez es una realidad que está siempre ante nuestros ojos; pero somos tan ciegos y tan cerrados en nuestra cajita de cristal que sólo tenemos al egoísmo como el mayor acompañante de nuestro diario vivir...
Un abrazo!

Catalina Yepes L dijo...

Pues nose que decir creo que es una realidad de la cual no muchos de nosotros presenciamos pero que no nos gustaria que sucediera, con esto nos damos cuenta de la mediocridad de la gente al no saber que con una simple palabra puede lograr cosas inimaginables.... Cuidate y gracias por todos tus escritos

Anónimo dijo...

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